jueves, 15 de mayo de 2014

El mal lanzador

En ocasiones me paro a pensar que mi vida es similar a la de un mal jugador de dardos.

Cuando un lanzador especialmente nefasto arroja su proyectil a la diana, nunca sabes dónde va a terminar. Normalmente apuntará en su origen al triple 20, pero la falta de pericia convertirá la puntuación final en un resultado fruto de la pura aleatoriedad. Quizás acierte una ve de cada cien, pero lo más habitual será que el dardo se clave en un número cualquiera, tal vez en el borde, puede que hasta rebote contra la pared.

El buen jugador, sin embargo, acertará la gran mayoría de sus disparos, pero sus errores serán más concretos y aburridos. Un gran lanzador que apunte al 20 y fracase verá como su dardo se clava en el número 1 o el 5. Dos resultados terribles, agravados por el ego del que se sabe merecedor de una buena puntuación.

Para ser francos, me gusta ser un mal lanzador.

Me gusta que mis errores, garrafales en ocasiones, me lleven más lejos de la mera frontera del éxito. Me gusta descubrir la plenitud de una diana, visitar a los abandonados números 11 y 6. Me gusta la sensación de no saber de dónde voy a acabar recogiendo mi dardo. Me gusta tener el conocimiento de que la práctica plenitud de mis logros son más fruto del azar que de la pericia, y me gusta la sabiduría que aporta el saberme incapaz de dirigir el destino al que me llevan mis acciones con precisión.

Me gusta jugar a los dardos porque soy un mal jugador.

Me gusta celebrar mis victorias y reír en mis derrotas.

Me gusta contemplar la diana, porque tiene nombre de mujer.

No tengo ni idea de cómo lanzar, pero muchas veces pienso que, en realidad, nadie la tiene.

Ni siquiera los profesionales. Ni siquiera los campeones. Especialmente los campeones.

Debe ser muy duro acertar siempre. Debe ser muy duro desconocer lo que se siente al desclavar una saeta del número 2.

Me imagino a aquel que lo ha ganado todo soñando con los errores que ha cometido en el último momento. Aquella vez que erró su tiro hallándose a punto de atravesar la frontera hacia un título más.

Para un campeón de dardos, caer fuera del número al que está apuntando, obtener un resultado diferente del esperado, es un fracaso. Para mí, es mi vida.

Espero soñar algún día con aquella vez que fracasé de forma enorme, aquella vez que apunté al triple 20 pero mi dardo acabó en el doble 19. Un recóndito sector de la diana totalmente opuesto a aquel en el que esperaba aterrizar.

Un recóndito sector al que nadie apunta, pero que sigue poseyendo un gran valor.

Quiero soñar con ese doble 19. Y enamorarme de él.

domingo, 2 de marzo de 2014

Nuevos proyectos, nuevos objetivos

¿Quién eres tú?

Hola, buenos días. Después de medio año sin actualizar, entiendo que nadie se acuerde. Vamos a ello.

Me llamo Lucas Proto Martínez Royo. Proto, por extraño que parezca, no es un seudónimo ni un complemento artístico añadido por mí ni nada parecido. Es mi segundo nombre. Aunque me ha traído ciertas dificultades a lo largo de la vida, estoy bastante contento de portarlo, hasta el punto de que utilizo mi nombre completo en lugar de mi primer apellido como identidad periodística y digital.

Tengo 24 años y soy español. Nací en Zaragoza, cursé la carrera de periodismo en Salamanca y actualmente resido en la habitualmente mal abreviada Ciudad de México, Distrito Federal.

¿Periodismo?

Periodismo, sí. Esa profesión que muchos cursan, pocos practican y menos aún viven de ella. Un yo pasado mucho más romántico e iluso os expondría a estas alturas del texto cómo se está yendo todo a pique, y os aseguraría que toda redacción pasada fue mejor. Es muy probable que también incluyera alguna referencia a alguna gloria pasada del sector como Edward R. Murrow, ese estoico rostro monocromo envuelto en el humo de su sempiterno cigarrillo que plantó cara al poder, y que sirvió de inspiración para una película que toda facultad de periodismo enseña a sus alumnos.

A la hora de la verdad, este oficio no deja de ser algo intrínsecamente humano, y por lo tanto depositario de nuestras propias imperfecciones. En ocasiones partidista y mezquino, pero también sincero y entregado. Intentar contraponer un concepto tan ligado a nosotros mismos como es el periodismo a su supuesto heroico pasado, del que nos resistimos a recordar ninguna imperfección, no deja de ser un reflejo de nuestra propia insatisfacción con la época que vivimos.

Lo cierto es que no se puede valorar lo que una persona escribe sin valorar a la persona en sí. Y por ello no considero que mi oficio sea mejor o peor hoy de lo que lo fue el pasado. Con sus claros y sus oscuros, es el de siempre. Son los modelos de negocio los que acaban muriendo, pero nunca el periodismo, porque su destino va ligado al de la misma humanidad. Esta bendita profesión simplemente, al igual que durante los últimos 400 años, existe.

¿Y a qué viene todo esto?

Básicamente a que comienzo un nuevo proyecto. En concreto, un blog.

No como este, al que tengo cariño a pesar de su escasez de textos y que seguiré utilizando a modo de cajón de sastre, sino uno profesional. Esto es, actualizado con regularidad y enfocado en un único tema: qué está pasando en el mundo. Lo que, comúnmente, se conoce como periodismo internacional.

¿Por qué internacional?

Porque, sinceramente, es lo único que me apasiona y me hace escribir con interés y dedicación. También es el tema que más domino, pues mis inspiraciones en el sector siempre han sido los miembros de la vieja guardia de corresponsales. Los Kapuścińskis, Meneses y Leguineches que no se limitaban a ver pasar la historia delante de sus ojos, sino que iban, la vivían y la contaban.

No creo que pudiera dedicarme al periodismo sin un enfoque global. La prensa local no es lo mío, aunque admiro mucho a los profesionales que se dedican a esta parte del oficio tan responsable y ligada a la comunidad. No me interesan demasiado los deportes. No soy lo bastante melómano, cinéfilo o apasionado del arte como para dedicarme a la divulgación cultural. Tampoco soy aficionado a la tecnología, a la televisión o al motor. De economía entiendo lo justo, y no hablemos ya de dedicarme a la política nacional.

En una pequeña entrevista a Babylon Magazine, que bien podría servirle de epitafio, Enrique Meneses afirmaba: “¿Hay algo más gilipollas que dos tíos dándose la mano y mirando a las cámara? No, yo no he visto nada nunca de ese tipo. A mí me tienen que fusilar al alba para que yo haga una foto como esa”.

Mi opinión es la misma. Yo quiero retratar la vida de las personas, no las apariencias de los dirigentes.

¿Y qué puedes aportar tú?

Poca cosa. ¡Sinceridad ante todo!

Aunque sea tirar piedras sobre mi propio tejado, hay que ir con la verdad por delante. Existe una infinidad de blogs en este soporte ilimitado que es internet. Y muchos de ellos pertenecen a periodistas veteranos, que han visto pasar bastantes balas sobre sus cabezas y que son capaces de analizar aquello que llamamos el panorama internacional con mayor experiencia, maestría y detalle que yo, joven pipiolo que acaba de dejar el nido.

Iñigo Sáenz de Ugarte o Gervasio Sánchez son buenos ejemplos de esto. ¡Visitad sus blogs!

Pero dicho esto, lo que yo puedo ofrecer es algo diferente. Para quien ya lo ha visto casi todo y ha estado sobre el terreno, pocas cosas resultan sorprendentes. No así para mí.
Cuento con las directrices que me he labrado hasta ahora. Con el bagaje cultural que sigo construyendo y con un objetivo en mente: dedicar mi vida a extender mis propios límites, a salir de mi zona de confort. Me encuentro ahora mismo en un estado de libertad absoluta dispuesto a descubrir (y describir) el mundo. Quien quiera acompañarme en este proyecto, es más que bienvenido.

Está bien, está bien. ¿Cuál es el blog?

Fronteras Imaginarias. www.lucas-proto.blogspot.com

Entiendo que este tipo de peticiones pueden estar de más, pero si os gusta lo que leéis y no os causa molestia, me ayudaríais mucho compartiéndolo en vuestras redes sociales (hay unos botones preciosos para ello).


Gracias a los que estáis aquí desde un principio.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Y la gente, en España, se sorprende

Ayer Cataluña propinó a España uno de los mayores golpes en el estómago que tenía la capacidad de darle. Digo Cataluña, y no Catalunya, de la misma forma que digo Estados Unidos, y no United States, o Pekín, y no Beijing. Hablo de los habitantes Cataluña con mi idioma, con el que mejor sé expresarme, pero no asumo que puedo decidir por ellos, ni intento demonizarles, ni pienso que sean víctimas de un lavado de cabeza. Les dejo hablar, intento escuchar. Tampoco escucho al Govern, agarrando un movimiento popular y haciéndolo suyo. No escucho a una clase política que habla en neolengua, que no expresa verdades, que sigue una agenda. Escucho a las personas cuando deciden expresarse. Y dicen que están hartos, que no aguantan más. Observo que más de un millón y medio de pares de manos se entrelazan entre sí, que lo hacen de forma pacífica, con ilusión... ¿y por qué?, me pregunto. La respuesta: quieren irse de España.

Y la gente, en España, se sorprende.

Quieren huir de esta ranciedad, de un eterno retorno, de una mentira mantenida durante lustros. De un país cuyo gobierno impide que las familias busquen los cadáveres de sus familiares enterrados en cunetas. De un país que se niega a reconocer que hubo una dictadura. De un país a cuya gente se le exige que olvide el pasado, sin dar remedio alguno para cicatrizar heridas que siguen abiertas. De un país donde se dedica presupuesto público a mantener monumentos en honor de genocidas y que elige que en sus calles se homenajee al alzamiento fascista en lugar de a héroes. De un país que concede amnistías a matanzas en Vitoria y en Paracuellos. De un país en cuya capital se les insulta y en el que grupos neonazis entran a sus anchas en una librería y les rocían con gas pimienta, mientras las nuevas generaciones del partido gobernante imitan sus saludos.

Y la gente, en España, se sorprende.

Anhelan escapar de una nación cuyo gobierno está matando la educación, la sanidad, la ciencia, la cultura, la solidaridad, a nuestros inmigrantes y a nuestros pensionistas. De una nación con una capital que privatiza hospitales para ahorrar la misma cantidad por la que su equipo de fútbol ficha a un jugador. De una nación cuya cadena pública retransmite tortura animal a la que una parte considerable de la población llama “la fiesta nacional”. De una nación en la que existe el toro de Vega y en la que hasta hace dos días se tiraban cabras desde lo alto de campanarios.

Y la gente, en España, se sorprende.

Desean separarse de un estado en el que la gente no lee, en el que el fracaso escolar es la norma dominante, en el que el un 56,1% de los menores de 25 años no tienen trabajo. De un estado en el que pululan los Bárcenas, los Urdangarines y los Botines, los Zapateros y los Rajoys, las Cospedales y los Rubalcabas. De un estado en el que se sigue votando a un político al que le ha tocado 7 veces la lotería y nadie se pregunta nada -y el que se lo pregunta acaba siendo multado-. De un estado cuyos presidentes autonómicos no abandonan el cargo, y cuando lo hacen, acaban en el senado, en un cementerio de elefantes donde cobran un sueldo por no hacer absolutamente nada. De un estado en el que los empresarios piden que se pueda contratar a becarios de 40 años, en el que se aspira al despido libre y en el que se despide por acción sindical sin consecuencia alguna.

Y la gente, en España, se sorprende.

Pretenden escindirse de una España que no habla inglés, que queda en ridículo frente al mundo entero y cuyos integrantes defienden lo indefendible. De una España envidiosa, rancia, que no se alegra del triunfo ajeno, que no sabe perder. De la España del cotilleo y el marujeo. De la España en la que la prensa y los documentales languidecen mientras Hombres, Mujeres y Viceversa se perpetúa. De la España que quitó CNN+ y puso Gran Hermano 24horas. De la España que elimina la asignatura de Filosofía y reimplanta la de Religión. De la España del dedismo, de los asesores, del primo de mi cuñado que sabe de informática y te lo meto en la casa consistorial. De la España cañí, inculta y abotargada. De la España en la que cuatro locos luchan por los derechos de todos y la gente los llama perroflautas y se ríe de ellos. De la España que no contrató a Manu Brabo, de la España que perdonó la muerte de José Couso, de la España que despide a Ramón Lobo, de la España que no lloró a Enrique Meneses y que tampoco lo hará cuando muera Manuel Leguineche.

Quieren huir de España.

De la España con un 27% de paro.

De la España con una generación perdida obligada a emigrar.

De la España que ya no lee a Quevedo.


Y la gente, en España, se sorprende.


Y a mí, lo que me sorprende, es que aún quedemos gente en España.


Forges

jueves, 25 de abril de 2013

De por qué se han hecho mal las cosas con el tema Jorge Santiago

En primer lugar: para aquellos que acudan en busca de barro, no voy a valorar o juzgar las –supuestas– acciones de Jorge Santiago Barnés que han aparecido en la prensa local esta mañana.  Tampoco voy a comentar su posterior comunicado, pues considero que la información que nosotros alumnado poseemos es, en primer lugar, escasa y, en segundo pero no menos importante, inevitablemente parcial.

Me voy a ceñir únicamente al modo en el que se están desarrollando los acontecimientos. Esencialmente en dos puntos: la responsabilidad de las autoridades de la universidad en este asunto y nuestra propia responsabilidad como alumnado.

Hablando de lo mal gestionado del tema desde arriba (y no hablo de ninguna persona en concreto pues desconozco la cadena de mando en estos procedimientos): han demostrado mucha ignorancia, mucha cobardía, o, probablemente, algo de cada. Cualquier alumno mínimamente atento al día a día de la facultad sabía sobradamente que algo ocurría, pese a que la mayoría no supiera de qué se trataba exactamente. El nombre de Jorge Santiago sonaba mucho en la rumorología del día a día de la facultad, y no eran pocos los profesores que eran conscientes del conocimiento de los alumnos sobre los eventos ocurridos. Es más, toda duda que pudiera tener la institución sobre si el alumnado estaba al tanto de los sucesos ocurridos debería haberse disipado el pasado 21 de abril cuando la recién creada cuenta de Twitter @upsasubterranea difundió por la red social lo que muchos ya sabían, pero muchos otros no.



Es decir, muchos alumnos estaban informados. Peor aún: estaban mal informados. Y los rumores más disparatados empezaron a correr frenéticamente.

La ironía del tema no es poca: la capacidad de comunicación de la Facultad de Comunicación ha demostrado ser pésima. Que el tema saltara a la prensa era cuestión de tiempo, y ese tiempo debería haber sido aprovechado por la institución para hacer llegar a los alumnos algún mensaje que impidiera el revuelo que se está viviendo en este momento, y que hace que muchos nos preguntemos si no había otra forma de proceder.

En definitiva: las maneras en la que los alumnos se han ido enterando del tema han sido muchas y variadas, pero ninguna de ellas ha tenido que ver con la institución. Y eso, viniendo de una facultad que pretende inculcar en sus alumnos una ética y un compromiso a la hora de informar, es triste.

Pero ahora viene la parte de responsabilidad que nos incumbe a nosotros, el alumnado, y que no es poca. Creo que es aplicable a todos, pero voy a centrarme en la que es mi carrera y en la que resulta más flagrante el tema: periodismo.

Nadie se ha cortado un pelo a la hora de difundir rumores sólo porque “habían oído por ahí que…”. Parece que estos años estudiando no han servido para nada. Ha sido una de nuestras primeras oportunidades para demostrar que no sólo somos unos universitarios cualesquiera, sino que somos –o pretendemos ser– periodistas. Y no deberíamos fiarnos de los rumores que se gestan en una facultad, y mucho menos darles voz, máxime cuando incluyen a profesores y vicedecanos por los que muchos de nosotros poseemos cierto afecto o guardamos un agradecimiento. Deberíamos haber adoptado una actitud responsable hacia el tema y haber puesto en práctica aquello que se supone que hemos aprendido: antes de hablar de un tema comprometido, comprobar fuentes.

Ahora ya es tarde, pero tenemos otra posibilidad ante nosotros: cómo reaccionar ante los eventos que han sucedido. Basta con ver los comentarios de las noticias en la versión online de la gaceta para observar como un batallón de alumnos y exalumnos se dividen entre pro-Jorge y anti-Jorge. Me parece una forma muy irrespetuosa, aprovechada y precipitada de reaccionar a los sucesos. ¿No queremos ser periodistas? Mejor dicho, ¿no queremos ser buenos periodistas? Pues bien, actuemos como tal. No dejemos que nuestras experiencias personales con un profesor nos condicionen a la hora de elaborar juicios de valor sobre temas tan serios. Ciñámonos a los datos verificados, las fuentes fidedignas y, sobre todo, al respeto hacia la verdad, y no hacia la rumorología estúpida y habitual que ha propiciado esta situación.

Si queremos algún día ser buenos profesionales, empecemos actuando como tal.

martes, 26 de marzo de 2013

Chipre para dummies

El tratamiento que se está dando estos días a Chipre desde la prensa es una clara muestra de un fenómeno propio de nuestra era: la sobrecarga informativa. El bombardeo de datos es incesante y, muchas veces, contradictorio, lo que provoca todo tipo de reacciones y gritos al cielo: ¡La troika no se cansa de derribar países! ¡Chipre era un paraíso fiscal de oligarcas rusos y tiene que pagar por ello! ¡Los depósitos asegurados dejan de estarlo! ¡España puede ser la siguiente! ¡#Wearecyprus!

Tampoco ayuda mucho el hecho de que las cabezas visibles del Eurogrupo demuestren reiteradamente su capacidad para, hablando en plata, acojonar a todo hijo de vecino con sus funestas declaraciones. El máximo exponente en este sentido es su presidente, el holandés Jeroen Dijsselbloem, una persona que hace cierto el dicho de “cuando habla, sube el pan” (o, para ser más concretos, la prima de riesgo).

Me dispongo a intentar, de forma breve y esquematizada, ordenar toda la información relativa a Chipre de estas últimas semanas de modo que el lector pueda hacerse una idea de qué demonios está pasando en la isla. Un "Chipre para dummies", si se prefiere.

Empecemos por lo básico:



Chipre es un estado miembro de la Unión Europea desde 2004. Su capital es Nicosia y la población total del país es de algo más de 1 millón de habitantes.

Chipre ha sido hasta ahora lo que se conoce como un semiparaíso fiscal, es decir, poseía un impuesto de sociedades extremadamente bajo (al 10%), lo que atraía a empresas extranjeras a depositar su capital en los bancos de la isla. Se ha hablado mucho de grandes fortunas rusas, pero como demuestra Yves Smith en Naked Capitalism ni todos los depósitos extranjeros provenían del gigante eurasiático, ni mucho menos pertenecían a grandes oligarcas, sino más bien a un elevado número de pequeñas empresas y ahorradores de clase media. Un artículo publicado en el New York Times evidencia la legalidad del asunto: “Todo el dinero sucio que pudiera fluir por Chipre queda eclipsado por los fondos generados por negocios legítimos que buscaban formas sencillas y legales de evitar grandes impuestos".

Una vez desmontada la teoría de la existencia de grandes oligarcas rusos blanqueando dinero en Chipre como si no hubiera mañana, toca reconocer lo evidente: el tamaño de los bancos estaba fuera de control. Los activos de las entidades financieras chipriotas a inicios de este año eran 7,1 veces superiores al PIB del país

La crisis griega desencadenó la tragedia: en marzo de 2012 se acordó una quita que depreciaba los bonos griegos en más de la mitad de su valor. Los bancos de la isla perdieron más de 4.500 millones de euros en apenas 24 horas y se inició la espiral que llevaba a la bancarrota del país. Pese a que Chipre sólo supone el 0,2% del PIB de la Eurozona, el riesgo de contagio al resto de países periféricos ya diezmados por la crisis (España incluida) convirtió el rescate chipriota en el núcleo de las preocupaciones del Eurogrupo.

A partir de aquí se impuso la tónica general en estos casos: Europa, con la Alemanía de Merkel a la cabeza, quiere que los países que la han pifiado paguen los platos rotos y se imponen condiciones de austeridad severísimas para el rescate bancario.

Pero aquí viene la, de nuevo hablando en plata, cagada monumental por parte de la UE a la hora de gestionar la crisis: la imposición de que parte del rescate se costeara con todos los depósitos de los bancos de Chipre, incluyendo los inferiores a 100.000 euros, teóricamente intocables. El parlamento chipriota, como era de esperar, no aceptó las condiciones, lo que mostró las vergüenzas del Eurogrupo, con episodios tan lamentables como Durao Barroso, presidente de la Comisión Europea, gritando “Yo no he sido”

Ante semejante chapuza, se impuso un necesario plan B. La troika llegó a un acuerdo con el gobierno de la isla de modo que sólo se vieran afectados los depósitos no asegurados (los de más de 100.000 euros), salvando así la inminente bancarrota de Chipre in extremis, para variar. Los mercados celebraron enormemente la decisión, aplaudiendo las extremas medidas de austeridad incluidas en el acuerdo, regocijándose y reduciendo la presión sobre los países que corrían el riesgo de contagio… durante apenas unas horas.

Foto: Cantabria Liberal
Ese es el tiempo que tardó el anteriormente mencionado Jeroen Dijsselbloem en, hablando en plata por última vez, joderlo todo una vez más indicando que lo ocurrido en Chipre podría servir de modelo para futuras crisis bancarias en otros paísesY de nuevo los mercados desatados, la prima de riesgo de Italia y España por las nubes, la Eurozona tratando de rectificar lo antes posible para que no cunda el pánico… el ciclo habitual.

En conclusión, la increíble bola de nieve chipriota que se ha formado en los medios de comunicación es el resultado de tres factores: la –ya habitual– pésima gestión de las situaciones de crisis por parte del Eurogrupo, la imagen romántica de un país relativamente insignificante resistiendo el desmedido embiste inicial de la troika alemana y, finalmente, las desafortunadas “perlas” que a lo largo de todo el conflicto han ido dejando los líderes del Eurogrupo en forma de declaraciones. Estos factores, unidos a la volatilidad de los mercados y su capacidad para mojar los pantalones ante la mínima señal de riesgo, han hecho del diminuto país un gigante mediático.

Espero que todo haya quedado más o menos claro. Nos vemos en la siguiente crisis. No creo que tarde mucho.

Viñeta por Andrew Sheets

miércoles, 20 de marzo de 2013

Crash Course: World History

Hoy quiero compartir con vosotros una de las mayores joyas que me he encontrado en mis largas travesías por internet: Crash Course


Crash Course es un canal educativo de Youtube iniciado por los hermanos Hank y John Green que, de forma entretenida y amena, nos forma en 6 temas: Historia Estadounidense, Química, Ecología, Literatura, Biología e Historia del mundo. Cuentan con la colaboración de Smart Bubble Society Inc., quienes aportan una sencilla, simpática y a la vez increíblemente efectiva animación gráfica a cada episodio. Todas y cada una de las secciones son apasionantemente didácticas y aptas tanto para los conocedores del tema como para aquellos que deseen empezar desde un nivel cero de conocimiento. Yo voy a hablar de la sección más completa y que es mi absoluta favorita: Historia del mundo.

Crash Course: World History cuenta con 42 episodios, cada uno de 12 a 13 de minutos de duración. Empieza con la revolución de la agricultura y acaba con dos capítulos dedicados a la globalización, pasando por Egipto, Grecia, Roma, los mongoles, la era de las revoluciones...

Me resulta imposible describir la cantidad de conocimiento que estas casi 9 horas de visionado aportan. Cuánto debería aprender el sistema educativo español de estos vídeos. John Green toma como referencia una gran multitud de historiadores con el objetivo de ayudarnos a deshacernos de la percepción eurocentrista de la historia que tanto caracteriza nuestra educación tradicional. El resultado: conocimiento y entretenimiento a partes iguales. El problema (o el beneficio extra, en mi caso y en el de todo aquel que busque perfeccionar el idioma): los vídeos son en inglés, y desgraciadamente no todos están subtitulados. 

A continuación tenéis uno de mis episodios favoritos: Las revoluciones haitianas.


¿Por qué este episodio me gusta tanto?


Cada vez que pensamos en Haití se nos viene a la cabeza el desastre, la pobreza, la desolación… y no sin razón. Hace 3 años que más de 300.000 personas murieron en el terremoto y más de un millón quedaron damnificados. Pensamos en esa nación como una marginada y desdichada parte del mundo apartada del resto, a la que donar unos cuantos euros y dedicar otros tantos pésames. La mayoría de la gente ni siquiera sabe colocar Haití en el mapa, y pocos son los que se acuerdan hoy en día de la situación que vive el país. Quizá la razón de que todavía quede gente en nuestro país que sí lo tiene presente sea el continuo recordatorio en las viñetas de Forges: "Pero no te olvides de Haití"



No se me ocurre mejor manera de terminar que la que de John Green en el episodio antes mencionado:

Las revoluciones haitianas importan, y mucho. 

Importan porque los haitianos, más que cualquier otra población en la era de las revoluciones, mantuvieron la concepción de que nadie debería ser esclavo; y que son las personas que más necesitan la ayuda de los gobiernos las que más la merecen.

Haití luchó por los más débiles cuando el resto del mundo rehusó a hacerlo. La próxima vez que leáis acerca de la pobreza de Haití, recordadlo.

martes, 19 de marzo de 2013

El día de los padres



Es difícil recordar a alguien que conociste 9 años cuando llevas 14 sin él. No hablo únicamente de dificultad emocional, hablo de auténticas trabas. Los recuerdos son difusos, no continuos, pequeños parches en la memoria. Todos te hacen sonreír, amargamente, sí, pero sigues sonriendo.

Sigue siendo un orgullo que te digan lo que te pareces a él, pese a que en ocasiones cueste ponerle rostro, como si fuera un cuadro surrealista, algo oscuro, con sfumato. Sigues sonriendo estúpidamente cuando te dicen que has heredado su humor, aun cuando eres incapaz de recordar tan sólo uno de sus chistes. Realmente, no necesito recordar más. Existen grabaciones suyas, las veo de vez en cuando, pero no siento que me acerquen más a él. Porque yo no necesito sus memorias para saber quién fue. Yo ya sé quién fue.

Fue un ser humano, como cualquiera de nosotros. Fue un artista, un humorista, un pacifista. Fue muchas veces escatológico, soez, informal. Nunca fue convencional, mezquino, cobarde, conformista. Nos quiso a todos con locura, del mismo modo que todos le amamos a él. Respetaba las normas de tráfico, se presentó ante su suegra por primera vez con unas chanclas cangrejeras, aparecía cada mañana en la puerta de mi cuarto con un calcetín en cada mano y unos calzoncillos en la cabeza. Quería verme cada mañana, pese a que trabajaba en casa y tenía el horario libre, como libre fue él. Estaba orgulloso de mí hasta estallarle el pecho, aun cuando todavía no había demostrado nada. Era ingenioso, mordaz, innovador. Era un gran padre y un gran marido. Era una de las personas más bellas que ha existido jamás.

Jose Enrique Martínez Reus nos abandonó a todos el 09/09/1999, demostrando que una persona puede ser original hasta en el día de su muerte. Demostrando también que hasta las llamas que brillan con más vivacidad, intensidad y alegría pueden extinguirse en cualquier momento. Pero esa llama nunca desaparece totalmente, pues siguen portándola aquellos que fueron iluminados por su luz, quienes recibieron su calor, quienes se mantuvieron cerca de ella. Aquellos que jamás podrán olvidarla.

Muchísimas gracias.


Pero el cargo de padre no debería recaer únicamente en aquel de quien portas el ADN, sino también en quien se ha portado como tal.



Llegó de improvisto, un día cualquiera. Había pasado tiempo, quizá no el suficiente, quizá sí. 

Era demasiado diferente a todo aquello a lo que nos habíamos acostumbrado: ordenado, calculador, racional y con un humor incomprensible. Acometió la difícil tarea de llenar un vacío que yo estaba seguro que nadie podía ocupar, y tardé mucho (demasiado) tiempo en reconocer lo obvio: que me había equivocado. Ya sea enseñando a afeitarse a un chaval que a día de hoy sigue sin necesitarlo o ayudando a resolver problemas matemáticos y físicos a quien acabaría estudiando periodismo, estuvo ahí. Él me enseñó Gattaca por primera vez. En cierto modo, hizo lo imposible: que pareciera que siempre había estado ahí, sin desplazar ningún tipo de figura paterna anterior, sin interponerse, tan sólo superponiéndose.

No es fácil introducirse entre dos lazos tan fuertes como los de una madre viuda y su hijo huérfano. Marino Sebastián Izuel no sólo lo consiguió: lo transformó en una familia que en nada –y a la vez en todo- se diferencia de una habitual. Aprendimos de él tanto como él aprendió de nosotros, y tuvo que soportar momentos muy difíciles con un crío bastante insoportable, chillón y confuso por el que casi tuvo que irse de casa. No fue hasta el último minuto, a punto de marcharse él, cuando el chaval se dio cuenta de que ya no podía existir una vida sin él; o, para ser concretos, que ya no quería una vida sin él. “Por favor, quédate, haz feliz a mi madre”, le dijo. Después se abrazaron.


Marino lleva más de 50 años de vida sin un sólo regalo el día del Padre.

Pero lleva más de 10 siéndolo.

Muchísimas gracias.