domingo, 8 de enero de 2012

De propósitos y despropósitos

¿Habéis cumplido algún propósito de año nuevo en vuestra vida?

Yo no, o al menos no completamente. De haber cumplido alguno, desde luego no ha sido por habérmelo propuesto en año nuevo, sino por casualidad o porque, simplemente, debía caer por su propio peso. Y sin embargo, año tras año en fechas estivales, algo en mi cabeza me sigue diciendo "año nuevo, vida nueva" y manufacturo mentalmente mis propios (des)propósitos que para cuando lleguen los reyes magos ya habré olvidado. Algún estertor de culpabilidad sigue presente durante enero y febrero, pero al final, todo queda en agua de borrajas. Así que si ahora mismo te estás sintiendo culpable por no haber empezado a estudiar todo lo que te habías propuesto, por comer más de lo que deberías o por correr menos de lo que deberías... ¡bienvenido al planeta tierra, atontao!

Mariano tenía como propósito electoral no subir los impuestos,
seguro que el pobre se está sintiendo muy culpable
Y es que dudo mucho que por el mero hecho de que nuestro planeta vuelva a repetir su posición con respecto al sol tras 365 días de repente nos veamos imbuidos en un espíritu de superación, determinación y "no mires atrás Joe". Ojo, no tengo nada contra los retos y la superación personal (de lo contrario estaría contradiciendo mi anterior -y única- publicación), es sólo que me parece increíblemente absurdo cómo funciona nuestro cerebro y su lógica interna.

Ya que estamos, podríamos hacer propósitos amorosos nuevos para San Valentín. "¡Dos meses de abstinencia!", "¡Nunca más con rubias!", "¡Se acabó el salir de fiesta sin sostén!". En efecto, cualquier fecha especial sirve como inicio de propósitos o señal de "hasta aquí llegó la mierda hemos llegao". En el fondo, funcione como funcione nuestro cerebro, la verdad se hace evidente: las cosas cambian cuando uno realmente desea que cambien. Y esa fecha no viene anunciada ni está señalada en un calendario con color rojo, llega cuando tiene que llegar, es decir, cuando uno mismo la hace llegar.

Lo que nos lleva a la lectura número dos, en contrapartida a que nuestro cerebro funcione de forma absurda, nosotros podemos acollejearle más o menos sutilmente para hacerle ver la verdad: que si toca cambiar se cambia, pero decir que se va a cambiar pa na, es tonteria.