martes, 19 de febrero de 2013

Sentarse a mirar atrás


Narra en un artículo Hector Anaya, profesor de la UNAM, como una vez Gabriel García Márquez fue preguntado acerca de la complicada relación entre periodismo y literatura. Con la sencillez críptica que le caracteriza, respondió el maestro colombiano que lo ideal sería que la poesía fuera cada vez más informativa y el periodismo cada vez más poético.

Vivimos en una época en la que el periodismo se ve muchas veces reducido a la noticia. El hecho, el suceso, la información inmediata, las 5 W –tan necesarias como rancias-. A esto es a lo que se le da importancia, a esta especie de mosaico informativo formado por hechos noticiosos con poca o ninguna relación entre sí. La gente busca saber lo que ha pasado de forma esquemática y sencilla; y después, por separado, busca la opinión de aquellas personas que considera merecedoras de ser escuchadas. Los géneros híbridos, como el reportaje o la crónica, son cada vez más relegados a los domingos o a ediciones especiales, como si existiera una diferencia clara entre lo que es importante (la noticia en sí) y lo que es baladí (el contexto y la exposición). Parece que no hay espacio para literatura en el frenético mundo 2.0, donde se valora más el poder expresar algo en 140 caracteres que un análisis exhaustivo o diferente.

Y sin embargo, si analizamos la historia reciente, esta no hace más que recordarnos que no son pocas las ocasiones en las que periodismo y literatura se han fundido, y que de esta simbiosis han surgido algunos de los máximos exponentes en ambos sectores. No hace falta irse muy lejos para encontrar ejemplos: ¿no es, acaso, gracias a escritores como Orwell que tenemos una visión mucho más nítida de los claros y oscuros de la izquierda durante la Guerra Civil Española? ¿No son los poemas de Miguel Hernández un reflejo mucho más profundo del sentir del bando republicano del que cualquier libro de historia podría expresar? ¿Cómo sabríamos por quién doblan las campanas si no es por Ernest Hemingway?

John Reed narró con pasión y minuciosidad Los diez días que estremecieron al mundo, Elena Poniatowska relató con inclemencia y rigor La trágica noche de Tlateloco, y Fiodor Dostoievski describió con dolor y crudeza sus Memorias de la casa muerta. En todas estas obras el lector no sólo recibe una cantidad de información mucho mayor que la que percibiría en los periódicos de la época, sino que, en cierto modo, es partícipe de ellas. La literatura, en su fusión con  el periodismo, permite esta sensación de integración en el relato de los acontecimientos: arrancar al lector de su puesto de observador impasible para hacerle recorrer los entresijos de una trama que súbitamente pasa a ser mucho más real que cualquier noticia que podamos leer. Sea el retrato de una ciudad que vive la culminación de una revolución que iniciaría un nuevo orden mundial, el sentir popular antes, durante y tras una terrible matanza estudiantil o la descripción de la soledad y el sufrimiento dentro de una cárcel siberiana, cualquiera puede asomarse a estos relatos y no sólo estar informado de lo que ocurrió, sino también sentir cómo se vivió en el momento.

El problema surge en el momento en el que el periodismo se anexionó a esta rueda del progreso en la cual todo va cada vez más deprisa y existe menos tiempo para detenerse a analizar el panorama, mientras que la literatura continúa su necesariamente lento y reflexivo proceso de elaboración. Frenéticos mosaicos de noticias descontextualizados contra largos relatos donde el entorno es construido con mimo y detalle.

Qué razón tenía el maestro Márquez. Cuán mejor resultaría si el relato literario se cargara en mayor medida de contenido informativo y las noticias de poesía, reflexión y belleza. Es posible que así el periodismo pudiera abandonar esa frenética rueda y hacer lo que hace tiempo que debió hacer: sentarse a analizar nuestra historia. Quizás entonces descubriría un siglo XX lleno de relatos desgarrados e historias valiosas. Cien años de guerras, gritos silenciados y voces apenas escuchadas. Cien años de pueblos desaparecidos cuya historia sigue viva gracias a palabras valientes. Cien años de lucha y muertos en el lodo. Cien años de soledad.