martes, 19 de marzo de 2013

El día de los padres



Es difícil recordar a alguien que conociste 9 años cuando llevas 14 sin él. No hablo únicamente de dificultad emocional, hablo de auténticas trabas. Los recuerdos son difusos, no continuos, pequeños parches en la memoria. Todos te hacen sonreír, amargamente, sí, pero sigues sonriendo.

Sigue siendo un orgullo que te digan lo que te pareces a él, pese a que en ocasiones cueste ponerle rostro, como si fuera un cuadro surrealista, algo oscuro, con sfumato. Sigues sonriendo estúpidamente cuando te dicen que has heredado su humor, aun cuando eres incapaz de recordar tan sólo uno de sus chistes. Realmente, no necesito recordar más. Existen grabaciones suyas, las veo de vez en cuando, pero no siento que me acerquen más a él. Porque yo no necesito sus memorias para saber quién fue. Yo ya sé quién fue.

Fue un ser humano, como cualquiera de nosotros. Fue un artista, un humorista, un pacifista. Fue muchas veces escatológico, soez, informal. Nunca fue convencional, mezquino, cobarde, conformista. Nos quiso a todos con locura, del mismo modo que todos le amamos a él. Respetaba las normas de tráfico, se presentó ante su suegra por primera vez con unas chanclas cangrejeras, aparecía cada mañana en la puerta de mi cuarto con un calcetín en cada mano y unos calzoncillos en la cabeza. Quería verme cada mañana, pese a que trabajaba en casa y tenía el horario libre, como libre fue él. Estaba orgulloso de mí hasta estallarle el pecho, aun cuando todavía no había demostrado nada. Era ingenioso, mordaz, innovador. Era un gran padre y un gran marido. Era una de las personas más bellas que ha existido jamás.

Jose Enrique Martínez Reus nos abandonó a todos el 09/09/1999, demostrando que una persona puede ser original hasta en el día de su muerte. Demostrando también que hasta las llamas que brillan con más vivacidad, intensidad y alegría pueden extinguirse en cualquier momento. Pero esa llama nunca desaparece totalmente, pues siguen portándola aquellos que fueron iluminados por su luz, quienes recibieron su calor, quienes se mantuvieron cerca de ella. Aquellos que jamás podrán olvidarla.

Muchísimas gracias.


Pero el cargo de padre no debería recaer únicamente en aquel de quien portas el ADN, sino también en quien se ha portado como tal.



Llegó de improvisto, un día cualquiera. Había pasado tiempo, quizá no el suficiente, quizá sí. 

Era demasiado diferente a todo aquello a lo que nos habíamos acostumbrado: ordenado, calculador, racional y con un humor incomprensible. Acometió la difícil tarea de llenar un vacío que yo estaba seguro que nadie podía ocupar, y tardé mucho (demasiado) tiempo en reconocer lo obvio: que me había equivocado. Ya sea enseñando a afeitarse a un chaval que a día de hoy sigue sin necesitarlo o ayudando a resolver problemas matemáticos y físicos a quien acabaría estudiando periodismo, estuvo ahí. Él me enseñó Gattaca por primera vez. En cierto modo, hizo lo imposible: que pareciera que siempre había estado ahí, sin desplazar ningún tipo de figura paterna anterior, sin interponerse, tan sólo superponiéndose.

No es fácil introducirse entre dos lazos tan fuertes como los de una madre viuda y su hijo huérfano. Marino Sebastián Izuel no sólo lo consiguió: lo transformó en una familia que en nada –y a la vez en todo- se diferencia de una habitual. Aprendimos de él tanto como él aprendió de nosotros, y tuvo que soportar momentos muy difíciles con un crío bastante insoportable, chillón y confuso por el que casi tuvo que irse de casa. No fue hasta el último minuto, a punto de marcharse él, cuando el chaval se dio cuenta de que ya no podía existir una vida sin él; o, para ser concretos, que ya no quería una vida sin él. “Por favor, quédate, haz feliz a mi madre”, le dijo. Después se abrazaron.


Marino lleva más de 50 años de vida sin un sólo regalo el día del Padre.

Pero lleva más de 10 siéndolo.

Muchísimas gracias.

1 comentario:

  1. Es imposible no emocionarse al leer esto, como imposible resulta no reconocer el sentimiento y el cariño que esconde cada frase. Si ya es un orgullo conocerte como amigo, más aún lo eres como hijo. Un abrazo, M

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