jueves, 12 de septiembre de 2013

Y la gente, en España, se sorprende

Ayer Cataluña propinó a España uno de los mayores golpes en el estómago que tenía la capacidad de darle. Digo Cataluña, y no Catalunya, de la misma forma que digo Estados Unidos, y no United States, o Pekín, y no Beijing. Hablo de los habitantes Cataluña con mi idioma, con el que mejor sé expresarme, pero no asumo que puedo decidir por ellos, ni intento demonizarles, ni pienso que sean víctimas de un lavado de cabeza. Les dejo hablar, intento escuchar. Tampoco escucho al Govern, agarrando un movimiento popular y haciéndolo suyo. No escucho a una clase política que habla en neolengua, que no expresa verdades, que sigue una agenda. Escucho a las personas cuando deciden expresarse. Y dicen que están hartos, que no aguantan más. Observo que más de un millón y medio de pares de manos se entrelazan entre sí, que lo hacen de forma pacífica, con ilusión... ¿y por qué?, me pregunto. La respuesta: quieren irse de España.

Y la gente, en España, se sorprende.

Quieren huir de esta ranciedad, de un eterno retorno, de una mentira mantenida durante lustros. De un país cuyo gobierno impide que las familias busquen los cadáveres de sus familiares enterrados en cunetas. De un país que se niega a reconocer que hubo una dictadura. De un país a cuya gente se le exige que olvide el pasado, sin dar remedio alguno para cicatrizar heridas que siguen abiertas. De un país donde se dedica presupuesto público a mantener monumentos en honor de genocidas y que elige que en sus calles se homenajee al alzamiento fascista en lugar de a héroes. De un país que concede amnistías a matanzas en Vitoria y en Paracuellos. De un país en cuya capital se les insulta y en el que grupos neonazis entran a sus anchas en una librería y les rocían con gas pimienta, mientras las nuevas generaciones del partido gobernante imitan sus saludos.

Y la gente, en España, se sorprende.

Anhelan escapar de una nación cuyo gobierno está matando la educación, la sanidad, la ciencia, la cultura, la solidaridad, a nuestros inmigrantes y a nuestros pensionistas. De una nación con una capital que privatiza hospitales para ahorrar la misma cantidad por la que su equipo de fútbol ficha a un jugador. De una nación cuya cadena pública retransmite tortura animal a la que una parte considerable de la población llama “la fiesta nacional”. De una nación en la que existe el toro de Vega y en la que hasta hace dos días se tiraban cabras desde lo alto de campanarios.

Y la gente, en España, se sorprende.

Desean separarse de un estado en el que la gente no lee, en el que el fracaso escolar es la norma dominante, en el que el un 56,1% de los menores de 25 años no tienen trabajo. De un estado en el que pululan los Bárcenas, los Urdangarines y los Botines, los Zapateros y los Rajoys, las Cospedales y los Rubalcabas. De un estado en el que se sigue votando a un político al que le ha tocado 7 veces la lotería y nadie se pregunta nada -y el que se lo pregunta acaba siendo multado-. De un estado cuyos presidentes autonómicos no abandonan el cargo, y cuando lo hacen, acaban en el senado, en un cementerio de elefantes donde cobran un sueldo por no hacer absolutamente nada. De un estado en el que los empresarios piden que se pueda contratar a becarios de 40 años, en el que se aspira al despido libre y en el que se despide por acción sindical sin consecuencia alguna.

Y la gente, en España, se sorprende.

Pretenden escindirse de una España que no habla inglés, que queda en ridículo frente al mundo entero y cuyos integrantes defienden lo indefendible. De una España envidiosa, rancia, que no se alegra del triunfo ajeno, que no sabe perder. De la España del cotilleo y el marujeo. De la España en la que la prensa y los documentales languidecen mientras Hombres, Mujeres y Viceversa se perpetúa. De la España que quitó CNN+ y puso Gran Hermano 24horas. De la España que elimina la asignatura de Filosofía y reimplanta la de Religión. De la España del dedismo, de los asesores, del primo de mi cuñado que sabe de informática y te lo meto en la casa consistorial. De la España cañí, inculta y abotargada. De la España en la que cuatro locos luchan por los derechos de todos y la gente los llama perroflautas y se ríe de ellos. De la España que no contrató a Manu Brabo, de la España que perdonó la muerte de José Couso, de la España que despide a Ramón Lobo, de la España que no lloró a Enrique Meneses y que tampoco lo hará cuando muera Manuel Leguineche.

Quieren huir de España.

De la España con un 27% de paro.

De la España con una generación perdida obligada a emigrar.

De la España que ya no lee a Quevedo.


Y la gente, en España, se sorprende.


Y a mí, lo que me sorprende, es que aún quedemos gente en España.


Forges

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