jueves, 15 de mayo de 2014

El mal lanzador

En ocasiones me paro a pensar que mi vida es similar a la de un mal jugador de dardos.

Cuando un lanzador especialmente nefasto arroja su proyectil a la diana, nunca sabes dónde va a terminar. Normalmente apuntará en su origen al triple 20, pero la falta de pericia convertirá la puntuación final en un resultado fruto de la pura aleatoriedad. Quizás acierte una ve de cada cien, pero lo más habitual será que el dardo se clave en un número cualquiera, tal vez en el borde, puede que hasta rebote contra la pared.

El buen jugador, sin embargo, acertará la gran mayoría de sus disparos, pero sus errores serán más concretos y aburridos. Un gran lanzador que apunte al 20 y fracase verá como su dardo se clava en el número 1 o el 5. Dos resultados terribles, agravados por el ego del que se sabe merecedor de una buena puntuación.

Para ser francos, me gusta ser un mal lanzador.

Me gusta que mis errores, garrafales en ocasiones, me lleven más lejos de la mera frontera del éxito. Me gusta descubrir la plenitud de una diana, visitar a los abandonados números 11 y 6. Me gusta la sensación de no saber de dónde voy a acabar recogiendo mi dardo. Me gusta tener el conocimiento de que la práctica plenitud de mis logros son más fruto del azar que de la pericia, y me gusta la sabiduría que aporta el saberme incapaz de dirigir el destino al que me llevan mis acciones con precisión.

Me gusta jugar a los dardos porque soy un mal jugador.

Me gusta celebrar mis victorias y reír en mis derrotas.

Me gusta contemplar la diana, porque tiene nombre de mujer.

No tengo ni idea de cómo lanzar, pero muchas veces pienso que, en realidad, nadie la tiene.

Ni siquiera los profesionales. Ni siquiera los campeones. Especialmente los campeones.

Debe ser muy duro acertar siempre. Debe ser muy duro desconocer lo que se siente al desclavar una saeta del número 2.

Me imagino a aquel que lo ha ganado todo soñando con los errores que ha cometido en el último momento. Aquella vez que erró su tiro hallándose a punto de atravesar la frontera hacia un título más.

Para un campeón de dardos, caer fuera del número al que está apuntando, obtener un resultado diferente del esperado, es un fracaso. Para mí, es mi vida.

Espero soñar algún día con aquella vez que fracasé de forma enorme, aquella vez que apunté al triple 20 pero mi dardo acabó en el doble 19. Un recóndito sector de la diana totalmente opuesto a aquel en el que esperaba aterrizar.

Un recóndito sector al que nadie apunta, pero que sigue poseyendo un gran valor.

Quiero soñar con ese doble 19. Y enamorarme de él.

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